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Nidal, árbitro de fútbol: “La condena por homosexualidad me destruyó”

Nidal B. disfrutaba de su pasión, el fútbol, como árbitro de la primera división tunecina hasta que un incidente el pasado agosto con la Policía y el abandono posterior de su familia arruinaron su vida.

Tanto que, a día de hoy, este joven risueño de 29 años ha tenido que abandonar su país, al que dice amar, y buscar nuevos horizontes en Francia, donde puede vivir más libre la homosexualidad que durante años hubo de ocultar.

“Fui condenado a 3 meses (de cárcel) y pasé 19 días de más, sin tener pruebas contra mí. Fui maltratado por los guardias que me decían que no era un hombre. Me metieron en una celda con criminales, habituales de la prisión. Estaba solo, no hablaba con nadie e intentaron violarme”, explicó a Efe.

A la humillación moral se sumó enseguida el estigma moral, que le dejó sin trabajo.

Nada más conocerse la noticia, el organismo responsable de los arbitrajes en el fútbol profesional tunecino le retiró el silbato y le apartó de los campos.

“Sospechaban que era gay, pero necesitaban una excusa. Después de mi condena me apartaron”, aseguró. “Nadie quiere contratarme” ya, o bien por la homosexualidad o por tener antecedentes judiciales, denunció.

Una condena social a la que se unió la familiar el día que decidió revelar el secreto y conceder una entrevista a cara descubierta en un medio extranjero para contar su experiencia y denunciar la situación de la comunidad LGTBI en Túnez.

Ese día “todo cambió”, rememoró con tristeza. Su padre, su tío y su primo entraron en el apartamento que alquilaba, le amenazaron, le agredieron por haber “ensuciado” el honor de su familia y se apropiaron de todas sus cosas.

“La reacción de mi familia fue la más violenta que he visto en mi vida. De pronto me encontré en la calle, sin nada. Es muy duro porque necesitaba el apoyo de mi familia. Perder un amigo es difícil, pero ¿la familia?, sobre todo a un padre o a una madre”, lamentó.

Abandonado y desorientado, halló refugio en la asociación local ‘Shams’, una ONG legal que defiende los derechos de la comunidad LGTB en Túnez y lucha por la derogación del controvertido artículo 230 del código penal que castiga con hasta tres años de cárcel la sodomía y el lesbianismo.

Esta le ofreció hacerse cargo de su defensa ante la justicia al tiempo que puso en marcha una campaña de microfinanciación en internet para ayudarle que logró recaudar cerca de 5.000 euros.

“Es la desgracia la que me ha dado la fuerza para convertirme en militante y defender mis derechos. Si no los reivindicamos nosotros nadie va a venir a dárnoslos”, subrayó.

“Aceptarlo delante de una cámara fue arriesgado, pero no podía no hacerlo, debemos dejar de escondernos. A pesar de los problemas no me arrepiento ni lo haré nunca”, recalcó.

Además de contra el artículo 230, ‘Shams’, que gestiona también la primera emisora de radio con contenido LGTBI en el norte de África, lucha para que se prohíban “los exámenes anales”, una prueba humillante que aún es común en la mayoría de las comisarías de Túnez.

“Cuando me detuvieron me propusieron hacerme el test anal, pero yo siempre lo rechacé porque se trata de una violación. El artículo 230 ha destruido mi vida”, insistió.

Según cifras de varias organizaciones de defensa de los derechos humanos, incluida ‘Shams’, desde que en 2011 triunfó la revolución y cayó la dictadura de Zinedin El Abidine Ben Ali, cerca de 400 personas han sido detenidas en Túnez acusadas de homosexualidad y 21 han muerto en asesinatos homófobos.

Sólo en 2017, un total de 71 personas fueron arrestadas por su orientación sexual, incluido Nidal.

“Si encierras a un homosexual en prisión cuando éste salga no va a convertirse en hetero. Lo único que van a conseguir es que entre y salga una y otra vez de la cárcel”, denunció el joven, quien aseguró que el arresto también ha reducido su grupo de amigos.

“Sé que tienen vergüenza de que seamos tunecinos, pero nosotros también lo somos, que nos dejen nuestro espacio, necesitamos vivir sin tener miedo, sin ser amenazados”, reclamó.

La presión ha sido tan grande desde entonces, que se ha visto obligado finalmente a emigrar para tratar de tener una vida normal, aunque abandonar su país no era su deseo.

“Seguiré luchando por mis derechos, en Túnez o donde quiera que esté”, prometió, ahora ya instalado en París, desde donde levanta la bandera arcoíris tunecina.

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