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De Todo Un Poco

El de Fosbury, un salto hacia atrás que hizo historia

“A la muerte se le toma de frente, con valor, y después se le invita a una copa”, dijo alguna vez Edgar Allan Poe, el maestro del relato corto fallecido hace 169 años.

En 1968 Richard Douglas Fosbury no estaba para copas, ni para gestos de valentía. Incluso, se entrenaba para demostrar que las grandes soluciones no siempre surgen al poner cara a los grandes desafíos.

Él, simplemente, les daba la espalda.

Y de los Juegos Olímpicos de México el atleta estadounidense, más conocido como Dick Fosbury, salió consagrado con una medalla de oro y el honor de haber cambiado para siempre la forma de entender y practicar el salto de altura.

Llámenle excéntrico, snob, genio, loco o chiflado, pero Fosbury nació en 1947 para remar contra la corriente.

Comenzó a experimentar su técnica cuando tenía 16 años, pues le parecían muy difíciles los estilos de salto clásicos: desde el rodillo ventral al rodillo occidental pasando por el estilo tijera.

Estas tres variables conjugaban en suma una carrera frontal y un salto hacia adelante con las piernas dramáticamente encogidas para evitar a toda costa el contacto con el listón.

El salto de Fosbury, que el atletismo incorporó a su manual como ‘Fosbury flop’, consiste en correr hacia el listón siguiendo una trayectoria curva, de forma que la aproximación final se cumple en dirección transversal al objetivo.

Una vez ante el listón, el atleta se gira y produce un salto de espaldas, con el brazo más próximo a la barra bien extendido. La maniobra se completa con el paso de la cabeza, la espalda arqueada y las piernas flexionadas.

Esta forma resultó sorprendentemente más efectiva desde el punto de vista biomecánico, pues permite dejar menos espacio entre el centro de gravedad del saltador y el listón, con lo que se gana más altura que con el salto clásico.

Fosbury había cumplido 21 años el 17 de marzo de 1968 y era estudiante de ingeniería civil en la Universidad de Oregon.

Ese año exhibió su novedoso estilo en los campeonatos de la National Collegiate Athletic Association, tanto en pista cubierta como descubierta, y se clasificó a los Olímpicos al saltar de espalda 2 metros y 21 centímetros.

Cuando apareció por primera vez en escena en el Estadio Olímpico Universitario de Ciudad de México, mucha gente que no lo había visto antes se sorprendió con su estilo.

En la etapa de clasificación superó por un centímetro su propia marca (2,22) y en la final, ante 83.700 espectadores, se llevó la medalla de oro e impuso récord olímpico y la mejor marca mundial del año al volar 2,24.

La plata quedó en poder de su compatriota Ed Caruthers (2,22) y el bronce del soviético Valentin Gavrilov (2,20).

Pese a que el récord mundial de 2 metros y 28 centímetros había sido alcanzado con la vieja técnica en 1963 por el soviético Valeri Brúmel, en los mismos Juegos Olímpicos de México muchos saltadores declararon su intención de adaptarse al ‘Fosbury flop’.

Parecía que solo el cielo era el límite para aquel chico flaco y desgarbado de rostro asaltado por el acné.

Su técnica ganó rápidamente popularidad y en los años siguientes cada vez más saltadores, hombres y mujeres, la aplicaron.

“El salto de espalda ya lo practicaba en el instituto y todos se reían de mí, considerándome un chiflado y algunos como un snob por salirme de las normas conocidas. Hasta que gané en México 1968 y pasé a la categoría de héroe”, declaró Fosbury poco después.

Pero sus días de héroe estaban contados.

No pudo batir el récord del mundo, que intentó elevando el listón a 2,29, y quedó eliminado de los Olímpicos de 1972, en Múnich.

Ese mismo año, con 25 años de edad, la carrera atlética de Dick Fosbury llegó a su fin y los expertos desempolvaron sus sospechas: no era el saltador más dotado de su época.

En los dos fracasos que antecedieron a su retirada, el de Portland (Oregón) entendió que la muerte en el salto de altura llega al caer aparatosamente a la lona junto con el listón mientras se escucha el quejumbroso ‘uuuhhhhh’ del público en las tribunas.

Para Edgar Allan Poe, el inventor de la narración detectivesca, la misma muerte propulsaba sus narraciones de terror y por lo mismo merecía, no una medalla, sino una, o quizá, varias copas.

Fosbury no nació con exclusividad para el atletismo, pues antes de practicarlo probó suerte en el baloncesto y el fútbol americano.

Pero su legado sigue intacto. En 1993 fue elegido miembro del Salón de la Fama Olímpico de Estados Unidos. Y en 2018 se preparara para celebrar el aniversario 50 de su osado salto. EFE

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