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De Todo Un Poco

70 años del Maracanazo

Doscientos mil espectadores, récord histórico de asistentes en el entonces nuevo estadio Maracaná de Río de Janeiro, construido para ese Mundial de 1950, fueron testigos de un hecho inesperado, el triunfo de la selección uruguaya por 2-1 ante la brasileña, que con sólo empatar habría sido campeona en su casa, en lo que se considera la mayor epopeya de la historia de los máximos torneos entre equipos nacionales, y que generó suicidios y un complejo que los verdeamarelos recién pudieron despojarse ocho años más tarde, cuando ya con la irrupción de Pelé, pudieron ganar su primera Copa en Suecia, en Suecia 1958.

“Fue cuando vi llorar a mi padre por primera vez, en el Maracanazo de Uruguay, y frente a una radio, que le prometí que yo iba a ganar el Mundial con Brasil”, dijo alguna vez el Rey Edson Arantes do Nascimento, Pelé, quien siempre cuenta que esta derrota marcó su infancia

La selección brasileña, amplia favorita en un torneo con menos equipos, dados los costos del viaje desde Europa y cuestiones políticas (como la devolución a la negativa de algunos equipos sudamericanos a competir en el Mundial anterior, previo a la Segunda Guerra Mundial en Francia 1938; o la ausencia argentina, por la que hay distintas versiones, desde políticas hasta futbolísticas), contaba con algunas destacadas figuras, especialmente el delantero Ademir. Y en el Cuadrangular final se había impuesto por sendas goleadas a Suecia (7-1) y a España (6-1), por lo que llegaba al último encuentro con un punto de ventaja (en aquella época se le computaban dos al vencedor) sobre Uruguay, que había empatado con España (2-2) y le había ganado ajustadamente a Suecia (3-2).

Uruguay ya era campeón mundial en el primer torneo disputado en el ámbito de la FIFA en 1930 y no había participado en los dos siguientes (Italia 1934 y Francia 1938). Además contaba con dos títulos olímpicos (que por acuerdo entre la FIFA y el Comité Olímpico Internacional se cuentan como Mundiales y por eso su camiseta celeste hoy cuenta con cuatro estrellas) en 1924 y 1928, y ocho Copas América (en la actualidad acumula 15). Y llegaba a esa definición con lo justo y por lo tanto, todos apostaban a que Brasil, como local, y necesitando apenas un empate, sería el campeón.

Sin embargo, la amplia candidatura de Brasil no estaba del todo justificada. En los últimos tres enfrentamientos entre las dos selecciones por la Copa Río Branco, a pocos meses de iniciarse la Copa del Mundo, todo había sido muy parejo. Brasil se había impuesto 2-1 y 1-0 y Uruguay, por 4-3, aunque en San Pablo, lo que daba indicios de que vencer en el Maracaná no parecía imposible.

“Contrariamente a lo que se dice, no creo que haya sido tanta sorpresa. Éramos parejos y nosotros no les temíamos y pensábamos que ese partido lo podíamos ganar pese al triunfalismo que veíamos. Si había un equipo al que nosotros respetábamos mucho era Argentina, que en esos años tenía unos jugadores tremendos”, señaló el arquero celeste de ese partido, Roque Gastón Máspoli a este periodista para la colección “Los Mundiales”, aparecida en 1994.

Sin embargo, era tal el favoritismo de Brasil en ese partido, que los propios dirigentes uruguayos parecían conformarse con un resultado decoroso, con frases a los jugadores en el vestuario como “Somos Gardel si no nos hacen más de tres goles” o “Ya están cumplidos, muchachos”. A su vez, una delegación diplomática de la embajada uruguaya les pidió a los jugadores que tuvieran “una derrota digna”. Sin embargo, el corpulento capitán del equipo, Obdulio Varela, encerró a sus compañeros y los arengó con una histórica frase en referencia a todas estas manifestaciones previas: “Los de afuera son de palo, en la cancha somos once contra once”.

El propio entrenador uruguayo, Juan López Fontana, había preparado un esquema defensivo, pero Varela le restó importancia ante el resto de los jugadores: “Juancito es un buen hombre, pero ahora se equivoca. Si jugamos a defendernos, nos va a pasar lo mismo que a Suecia o España”. El lateral izquierdo Schubert Gambetta, en cambio, se había recostado en la camilla de los masajes y acabó durmiendo una siesta. Los jugadores no parecían sentir lo mismo que los dirigentes.

El diario “O Mundo” había puesto ese día en su tapa “Brasil campeón mundial 1950”, el estadio Maracaná amaneció decorado con pancartas en portugués que decían “Homenaje a los campeones del mundo” y las autoridades nacionales habían acuñado monedas conmemorativas con los nombres de los futbolistas de la selección, una banda musical tenía todo preparado para ejecutar el himno nacional local una vez el árbitro pitara el final del partido y se habían vendido ya quinientas mil camisetas que decían “Brasil campeón mundial 1950”.

El partido, contrariamente a lo esperado por el público que preparó una gran fiesta, no tuvo el trámite de los anteriores. Brasil atacaba pero chocaba contra la recia defensa celeste o contra el seguro arquero Máspoli y el primer tiempo finalizó sin goles, y si ya ese empate favorecía a los locales, a los 2 minutos del segundo tiempo se pusieron en ventaja a través de Friaça, aunque Varela logró opacar en parte los festejos tomando la pelota con sus manos y colocándola bajo su brazo para reclamarle al árbitro inglés George Reader una posición adelantada, pero como no se entendían (ni el uruguayo hablaba inglés, ni el británico, español) parecía un diálogo de sordos, pero así fue que el capitán celeste logró enfriar a la tribuna.

En el minuto 21, se produjo el empate uruguayo que generó dudas en las tribunas, cuando Alcides Ghiggia escapó por la punta derecha, amagó rematar al arco, pero terminó cediendo la pelota a Juan Alberto Schiaffino, quien venció al arquero local Moacir Barbosa.

Desde ese momento, y aunque el empate lo favorecía para obtener el título, la selección brasileña se lanzó al ataque empujada por el público, aunque Uruguay seguía defendiéndose bien y se acercaba cada vez con mayor peligro al arco brasileño cuando a los 34 minutos, Ghiggia combinó con Julio Pérez, quien le devolvió la pelota, y esta vez, cuando parecía que repetiría lo del primer gol, en vez de entregarle el pase a Oscar Cotorra Míguez, que era el goleador, remató directamente al arco tras superar a su marcador Bigode. Barbosa, el arquero, entendió lo contrario y dejó libre el primer palo, por donde Ghiggia consiguió que la pelota ingresara.

Acaso el gol más recordado de la historia del fútbol uruguayo, relatado casi en soledad por Carlos Solé para Radio Sarandí, marcó para siempre al autor y al arquero que lo padeció. En los festejos, Míguez (compañero suyo en Peñarol) le cuestionó a Ghiggia por no haberle dado el pase para su gol, porque estaba solo y en el medio. “Dejalo así, Cotorra, adonde fue la pelota está bien”, le respondió. Barbosa, el arquero vencido, vivió el resto de sus días entre la tristeza de la derrota y el oprobio al que lo sometieron por aquel simple error deportivo, aunque en el peor escenario.

Sin dinero y marginado y responsabilizado por una derrota que hirió el orgullo deportivo de los brasileños, llegó a ser canchero del Maracaná y cuando los arcos del estadio fueron cambiados desde los palos de madera por los caños de metal, pidió llevarse los viejos, sin que nadie entendiera para qué, y procedió a quemarlos. Tabaré Cardoso, de la reconocida murga “La Catalina”, le dedica una canción que lleva su nombre y cuenta el duro camino que debió atravesar hasta su muerte (no lo dejaban ingresar en las concentraciones del Scratch porque decían que atraía la mala suerte).

Pablo Perdigao, en su excepcional libro “Anatomía de una derrota”, cuenta cómo este tropiezo marcó su infancia y que por años soñaba que Ghiggia se acercaba para rematar el segundo gol en la final y que él le advertía a Barbosa para que tuviera cuidado, pero una y otra vez la pelota se introducía en el arco y los uruguayos acababan festejando.

Con un estadio en silencio, y el equipo uruguayo resistiendo los últimos inútiles embates locales, los jugadores uruguayos y los pocos periodistas e hinchas que habían asistido al partido casi se infartan cuando tras un centro en el área visitante, el Mono Gambetta tomó la pelota con las dos manos en el segundo palo, dentro de su propio área, aunque inmediatamente gritó “¡¡terminó!!”. Luego explicó que vio de frente al árbitro cuando pitó el final.

Se había consumado la hazaña. Los jugadores uruguayos se abrazaban en soledad, ante un Maracaná enmudecido. Ghiggia era llevado en andas, y el francés Jules Rimet, presidente de la FIFA, que había abandonado su palco cuando el partido estaba 1-1 para bajar al túnel y recorrer los metros necesarios para aparecer en el césped y entregar la Copa, no entendía el silencio general hasta que se dio cuenta de lo ocurrido. Tenía preparado su discurso sólo en portugués, en homenaje a los seguro campeones, por lo que la ceremonia del final fue a toda velocidad y sin más que unas cortas felicitaciones: “Estaba solo, con la Copa entre mis brazos, y sin saber qué hacer, y en el tumulto descubrí al capitán uruguayo, Varela, y casi a escondidas le entregué la estatuilla de oro y le estreché la mano sin poder decirle nada”.

Tras el partido, todo Brasil pero especialmente Río de Janeiro, quedó sumido en una tristeza absoluta. El fallecido escritor uruguayo Eduardo Galeano relató que Varela, tras permanecer un tiempo con sus compañeros, y de carácter difícil, prefirió alejarse de aquellos dirigentes que no creían en el equipo, para mezclarse con los cariocas en bares y tabernas, hasta comprender su amargura. Razón no le faltaba para evitar encontrarse con sus dirigentes: al regreso a Montevideo, éstos se auto-otorgaron medallas de oro, y de plata para los jugadores campeones del mundo.

Schiaffino, autor del primer gol y de brillante actuación en el fútbol italiano jugando para Milan y Roma entre 1955 y 1962, llegó a decir que “jugamos diez veces más y en nueve nos ganan los brasileños”.

La derrota ante Uruguay marcó tanto al fútbol brasileño, que aunque por unos pocos partidos más siguió usando la camiseta blanca, la desterró por completo para pasar a usar pocos años después y de manera definitiva la verdeamarela con pantalones azules y medias blancas, y recién en 1992, la Confederación Brasileña (CBF) aprovechó que se jugaba un amistoso ante Uruguay en Campina Grande (en el noreste) para reivindicar por primera vez a los subcampeones de 1950, entregándoles una medalla. Ese partido finalizó con el triunfo uruguayo por 2-1 (igual que en el Maracanazo) y fue la primera vez que los celestes ganaron en territorio brasileño desde aquella vez en el Mundial.

Mientras Uruguay se coronaba campeón Mundial en Río de Janeiro, en Buenos Aires, River enfrentaba a San Lorenzo cuando el clásico se detuvo y por los parlantes se anunció el resultado del partido en el Maracaná. Los aplausos estallaron y Wálter Gómez, gran delantero uruguayo de River, fue llevado en andas, entre lágrimas.

Gómez pudo formar parte de ese equipo uruguayo campeón, pero estaba suspendido por un año por una gresca en la que fue expulsado, lo que motivó a su vez que se pudiera concretar su pase a los Millonarios desde Nacional de Montevideo justamente en esa temporada.

Con los años, en uno de los tantos homenajes que recibió en vida (una canción, “Crónicas de la soledad”, de Larbanois y Carretero, cuentan su gol y comienzan con el relato del partido por Carlos Solé), Ghiggia soltó una frase para la historia: “sólo tres personas lograron silenciar al Maracaná: (Frank) Sinatra, el Papa y yo”.

La selección uruguaya perdería el invicto recién en la semifinal del quinto Mundial, en Suiza 1954 (no participó en Italia 1934 ni en Francia 1938), al caer 4-2 en tiempo suplementario ante la Hungría de Perenc Puskas. Brasil torcería su historia en Suecia 1958 y se quedaría definitivamente con la Copa Jules Rimet al ganarla por tercera vez en México 1970.

El popular cantante uruguayo Jaime Roos relata aquella epopeya uruguaya del Maracaná en 1950 con su notable canción “Cuando juega Uruguay”: “Vamo´/Vamo’arriba la Celeste/Vamo’/Desde el cerro a Bella Unión/Vamo’/Como dice el Negro Jefe//Los de afuera son de palo/que comience la función”. (GG) (Tomado de Infobae).

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