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Nada que celebrar

Puños en alto, pulgares hacia arriba, manos alzadas al cielo azul de Sochi. Treinta y tres medallas olímpicas celebradas por Vladímir Putin, presidente ruso, y por la élite de sus jóvenes deportistas. Un ejército de ganadores que fue a la batalla con las cartas marcadas.

Cinco años después de aquella exhibición patriótica queda poco que celebrar. Rusia ha sido desterrada del deporte mundial durante cuatro años por manipular sus datos sobre dopaje, una infracción que agota la credibilidad de sus autoridades. Llueve sobre mojado y empezó a llover en 2014 en Sochi. La ciudad rusa de eterno cielo azul que manchó de negro la historia del olimpismo.

Aquellos deportistas rusos que triunfaron sobre las montañas nevadas del Cáucaso fueron víctimas, cómplices o testigos de un sistema organizado de dopaje que permitió cambiar orina sucia por limpia, abrir botes sellados y cometer un fraude mayúsculo.

“Solo el presidente puede encomendarle a los servicios secretos una tarea de esa naturaleza”, afirmó Grigori Ródchenkov, exdirector del laboratorio antidopaje de Moscú, testigo clave para destapar el escándalo.

Allí estaba Putin, a la sombra de los cinco aros olímpicos de Sochi, para celebrar una mentira. Con tres de sus colaboradores. El ministro de Deportes, Vitali Mutko, a su izquierda. El presidente del Comité Olímpico Ruso, Alexander Zhukov, a su derecha. Saludan la entrada en escena de Dmitry Kozak, viceprimer ministro y designado por Putin como supervisor general de los Juegos. Todos felices, rodeados de atletas igualmente felices a los que pronto se les congeló la sonrisa.

El único que no viste la equipación oficial es Yevgeny Plushenko, campeón olímpico en 2006, que estaba retirado y regresó para ayudar a su país a ganar el oro por equipos de patinaje artístico. Un deportista querido y carismático que defendió el sistema. Que no vio nada raro.

Posó para la foto de los ganadores al lado de Aleksandr Zubkov. Para él no hubo escapatoria. Sus dos medallas de oro en bobsleigh le duraron los tres años que tardó el COI en constatar que se había dopado. Su compañero de fechorías y de trineo, Alexey Voedova, corrió la misma suerte. Ajeno a lo que le esperaba, se subió al aro olímpico de color amarillo y levantó el pulgar. Todo había salido bien. O eso creía.

Ninguno de ellos pudo volver a lucir el chándal rojo y blanco del equipo ruso en unos Juegos. Los que no fueron descalificados y siguieron compitiendo tuvieron que hacerlo como ‘deportistas independientes’. La misma suerte que correrán, en el mejor de los casos, los que puedan participar en Tokio 2020 después de la nueva sanción.

La foto de Sochi no volverá a repetirse en mucho tiempo. Los dirigentes del deporte ruso están vetados de todo escenario olímpico. Los deportistas, obligados a competir con un uniforme neutro que oculte el país al que pertenecen. La palabra ‘Rusia’ desaparecerá de los estadios. Solo quedará Putin. Reelegido por tercera vez en 2018 con cerca del 77 % de los votos, su mandato se prolongará hasta 2024. Puede asistir como presidente a los Juegos de Tokio 2020 y Pekín 2022 y llegar a las puertas de París 2024. Pero a Tokio, la cita más cercana, el equipo del país presidido por un cinturón negro de judo llegará derrotado por ‘ippon’ por un enemigo llamado dopaje. EFE

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