Barras bravas en Honduras: Una familia frente a una “sociedad caníbal”
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Barras bravas en Honduras: Una familia frente a una “sociedad caníbal”

Por: Alberto  Pradilla.

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Ser barrista no es fácil”. En el exterior del Estadio Nacional de Tegucigalpa, aficionados de la Ultra Fiel, la barra del Olimpia, o Revolucionarios, los seguidores del Motagua, coinciden en una idea: Su condición de “hooligans” les pone en un triple punto de mira:

La barra rival, la policía y las pandillas. Honduras es uno de los países más violentos del planeta, una “sociedad caníbal” en palabras de un barrista; y el fútbol, un lugar abonado para el exceso. Quedarse en los homicidios y el vandalismo sería analizar con superficialidad a estos grupos que también ejercen como red de apoyo mutuo, que configuran espacios seguros para jóvenes enfangados en una sociedad hostil y que, en la visión de sus líderes, pueden convertirse en agentes para la transformación social.

Eduardo Galeano escribió que “metido en la barra brava, peligroso ciempiés, el humillado se hace humillante y da miedo el miedoso”. Temor generan, de eso no cabe duda. Pero no es solo eso. La barra tiene mucho de pertenencia, de refugio, de lugar de esparcimiento y cuidado mutuo, de piña ante el enemigo común. Es algo así como la mesa en torno a la que se reúne una “familia” que ejerce como protección ante un mundo hostil.

Claro que hay violencia. En Tegucigalpa, la capital hondureña, en los fondos sur y norte del Estadio Nacional Tiburcio Carias Andino, los lugares donde se concentran las barras catrachas, el fútbol no es solo el juego de once contra once en el que jamás hay rival pequeño.

El partido es otra cosa y la barra su explicación. Es la catarsis de un joven al que su hermano le salvó cuando iba a suicidarse; el lugar donde otro aprendió a meterse en problemas y, después de recibir un disparo en la cabeza, a hacer política; el espacio en el que un antiguo sicario convertido al evangelismo se socializa y termina por intentar ganar adeptos para su fe; el segundo destino del fin de semana para una joven que cada sábado por la mañana visita a su madre y a su hermano en la cárcel.

Honduras es un país terriblemente violento y los estadios de fútbol —en Centroamérica o en casi cualquier lugar del mundo— terreno abonado para el exceso. Además de goles y euforia, también hay alcohol, marihuana, perico. Cómo no encontrar cocaína en uno de los países ubicado en la autopista que lleva la droga desde Colombia o Venezuela hasta Estados Unidos. Solo en 2017, según datos de la Fuerza de Seguridad Interinstitucional Nacional (Fusina), se incautaron más de 10,6 toneladas de drogas, la mayoría marihuana y cocaína.

Y eso es lo que la policía logro aprehender. También nos encontramos con un país profundamente desigual, desestructurado y con un acceso casi ilimitado a las armas: cada hondureño puede acceder a cinco armas de fuego, según la ley. En el mercado negro, la cifra se multiplica, a condición de que puedas pagarla.

Decía Jorge Valdano, el mítico entrenador argentino, que “el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes”. Es posible que Antonio Saravia no comparta este aforismo.

Para él, a sus 47 años, la barra es una parte imprescindible para explicarse a sí mismo. Entró en la Ultra Fiel, la afición del Olimpia, el club más antiguo de Tegucigalpa, cuando tenía 20. Ahora es casi “un padre” para los jóvenes que se enrolan en el sector más entregado (y violento) de los fieles del equipo rojo hondureño.

Dirige la seguridad en el fondo sur del Estadio Nacional Tiburcio Carias Andino, en Tegucigalpa. Junto a Melbin Cervellón, líder nacional de la Ultra Fiel, vigila que no haya enfrentamientos. Cuando un grupo de entusiastas comienza a golpearse, pone el freno. Media con la policía. Sirve de ejemplo para los chavales y es saludado por los cipotes como alguien a quien venerar.

Saravia no siempre ha sido ese tipo de voz cálida y cara de no haber roto un plato en su vida. Con su camiseta del equipo y su pequeña mochila en la espalda, parece un niño grande. Pero hay que recordar que en este contexto a nadie se le regala el respeto con el que los chicos más aguerridos le saludan. Uno tiene que ganárselo. “He hecho daño a mucha gente”, admite en voz baja, mientras observa el partido Olimpia-Juticalpa el 23 de noviembre de 2017.

Su equipo se impondrá por 4 a 1. Mientras la barra celebra los goles, como un dique que se desborda entre fuegos pirotécnicos, explica sus planes sobre jugadores surgidos desde el fondo que sientan más los colores, profundiza en su idea de la barra como un colectivo social, elude hablar sobre el pasado porque dice ser una persona diferente y afirma sentir miedo sobre el futuro próximo de Honduras.

Tres días después se celebrarán unas disputadas elecciones en las que el actual presidente, Juan Orlando Hernández, será anunciado como vencedor entre denuncias de fraude de la oposición, liderada por Salvador Nasralla. Un informe firmado por 50 oenegés hondureñas cifra en 33 el número de muertos provocado por las protestas registradas en el país centroamericano desde finales de noviembre.

Saravia es un padre para los jóvenes de la barra, pero su entrega a la afición del Olimpia lo alejó de su propia familia. Lleva 22 años casado y tiene tres hijos. Dice sentir lástima de no aparecer en muchas de las fotografías con ellos. La Ultra Fiel le tenía ocupado. Su ausencia en el hogar es un ejemplo de una frase que define cómo muchos barristas explican la afición por los colores. “Es una forma de vida”, se escucha insistentemente, entre los seguidores del Olimpia o sus grandes rivales, los miembros de Revolucionarios, la barra del Motagua.

La vida de Saravia es historia de Honduras. Estuvo donde ocurrían las cosas, especialmente en su vertiente más turbia. Pasó por una pandilla, los Smurf o los Pitufos, una de esas estructuras criminales que controlaban el territorio antes de que la Mara Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18 engullesen todo a su paso.

De ahí dio el salto a la barra en una época en la que estos grupos, nacidos a finales de los años 90 en Honduras y que copiaron fórmulas de otros países latinoamericanos como Argentina, imponían su ley en colonias enteras en Tegucigalpa. Formó parte de sus grupos de choque, que en este contexto quiere decir encargarse de la defensa u ofensiva ante barras rivales o policía. Se involucró en política tras el golpe de Estado contra José Manuel Zelaya, en 2009, y ahora observa cómo decenas de jóvenes le saludan cuando desfilan ante él en el fondo del estadio.

En espíritu, lo que ocurre en el fondo del estadio de Tegucigalpa es exactamente lo mismo que sucede cualquier domingo por la tarde en casi cualquier lugar del mundo donde se juegue un partido, solo que adecuado a una lógica enfermiza como la del país centroamericano. Uno puede estar jodido toda la semana, pero tiene 90 minutos para desahogarse. Por eso, no hace falta que sea Lionel Messi el que marque, lo importante es que lleve el escudo de tu equipo. Ya lo dijo Galeano (otra vez, Galeano): “en su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”.

Criminalizados por los medios, demasiado cerca de las pandillas —aunque en ocasiones enfrentados a ellas—, estigmatizados por buena parte de la sociedad e ignorados por los propios equipos a los que siguen hasta la muerte, los barristas hondureños son un invitado incómodo con el que la gente se lo pasa bien mirándolo de lejos. Las mantas, las coreografías, los cánticos, son indispensables en cualquier estadio y ellos son los que arrancan los gritos cuando el equipo está hundido. Ante este panorama, parece lógico preguntarse si toda esta entrega tiene que ver con esos once jugadores que nunca se acuerdan de ellos lo suficiente o por ellos mismos.

No se puede entender la barra sin la sensación de pertenencia, sin la camiseta del equipo o la certeza de que aún en un entorno hostil, alguien se puede sentir en casa durante los próximos 90 minutos.

UN INTENTO DE SUICIDIO ANTES DEL GOL DE FABIO DE SOUZA

Cuando Fabio de Souza marcó el gol con el que el Olimpia se imponía al Real España el 24 de agosto de 2009, Johan Emerson Rubio Flores, a quien todos conocen como “Memo” y que actualmente tiene 28 años, lo celebró “como si fuese la final de la Champions League”.

De Souza no lo sabía, pero su cabezazo, en el tiempo de descuento, cuando el partido se daba por perdido (pues la previa había terminado con un empate a dos que daba el triunfo al Real España), supuso una catarsis para el joven. Minutos antes, con su equipo por debajo, ni ganas de animar tenía.

Y eso es mucho decir para un miembro de la barra Ultra Fiel, que lleva desde la adolescencia acudiendo cada domingo al fondo sur del Estadio Nacional, que ha acompañado a su equipo hasta Costa Rica o El Salvador y que define la barra como una “forma de vida”.

Si unas semanas antes Memo hubiese tenido éxito en sus propósitos, jamás hubiese visto el gol de Fabio de Souza.

Concretamente, si su hermano no hubiese irrumpido a tiempo en su habitación impidiendo que se suicidase ahorcándose con una cuerda. “Me bajó, me dio unos vergazos y se echó a llorar”, relata el joven en su puesto de albañil en una obra de la colonia de El Porvenir, en Tegucigalpa. Ahora está tranquilo. Lleva un bigote arreglado, tiene la piel morena, está cubierto de polvo y sonríe.

Su labor consiste en asfaltar una pequeña vía de una colonia en la que muchas calles son aún de terracería. Desde el lugar donde “Memo” trabaja se ve, a lo lejos, el estadio, como si pudiese pensar, mientras remueve la tierra o carga con el concreto, que el domingo podrá darlo todo en el fondo del estadio.

En El Porvenir los vecinos se conocen de toda la vida, dice “Memo”, lo que facilita el control social. Esta es una colonia complicada, por lo que ser un rostro familiar es garantía de que se reduzcan tus posibilidades de ser asaltado. Otra cosa son los forasteros. No es recomendable caminar por estas calles cuando ha caído el sol. No necesita el joven hacer memoria para relatar algunos de los homicidios perpetrados a metros de donde trabaja: el tipo al que dispararon frente a una tienda porque debía plata de droga, la chava que apareció calcinada y nadie hizo preguntas sobre por qué le habían hecho. “Esta zona es peligrosa”, dice.

La colonia está controlada por la MS-13. No siempre fue así. Antes era territorio de Los Chirizos, otro grupo criminal oriundo del país. La MS-13, sin embargo, es una apisonadora. Se infiltró desde las barriadas ubicadas en el exterior, en el campo. Primero, con un par de miembros, como exploradores. Luego, tomando alguna casa. Finalmente, haciéndose con toda la colonia y expandiéndose por la ciudad.

La MS-13 y el Barrio 18 se extendieron en Centroamérica a mediados de los años 90 del siglo pasado. Llegaron desde Estados Unidos donde miles de hondureños, salvadoreños o guatemaltecos fueron deportados. Impusieron su nueva organización social, pelearon por cada metro de territorio y establecieron alianzas con otros grupos criminales hasta convertirse en el monstruo que son ahora. En sus manos está buena parte del tráfico de estupefacientes, se financian a través de la extorsión y controlan muchas de las colonias de Tegucigalpa, especialmente aquellas más populares.

Desde hace siete años, ni hacer pintas (graffitis) en las calles les permiten a los barristas, explica “Memo”. Podría ser peor. En colonias donde impone la ley el Barrio 18, hay aficionados al fútbol que hasta tienen prohibido ir al estadio. Se ven obligados a quitarse la playera, acudir de civil al campo y, una vez arropado por los suyos, poder enfundarse sus colores.

“Memo” incluso recuerda cómo en 2013 la MS-13 emitió una especie de fatua por la que prohibía acudir al fondo del Estadio Nacional. Miembros de la barra habían golpeado a unos pandilleros y se trataba de un crimen que merecía una penitencia. “Solo íbamos 60 personas. La gente tenía miedo”, recuerda. En realidad, el castigo no terminó de levantarse nunca, aunque poco a poco los aficionados recuperaron las ganas por acudir al estadio.

La violencia de las pandillas no ha sido nunca el principal problema de “Memo”. Al menos, no el más directo. Una de las cosas que más recuerda de su infancia, dice, era el bullyng que sufría de otros niños por su condición de pobre. Es el cuarto hermano de una madre soltera que trabajó duro para que pudiesen ir a la escuela Manuel Bonilla, donde se graduó.

“La mayoría dejó los estudios”, afirma. Según sus cálculos, solo dos de sus 200 compañeros han terminado en la universidad. Él, ahora, estudia periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de Tegucigalpa. A pesar de ello, le queda el estigma de la exclusión. La herida que te deja que te marginen porque el dinero no te alcanza. “Se reían de mi por oscuro, por el color de mi piel, me pegaban y me quitaban los 25 lempiras (Q7,8) que me daba mi madre para el almuerzo”, relata. Dice que desde entonces ha tenido un “carácter depresivo”.

Contabiliza dos intentos de suicidio. Ha sido internado en el Hospital Psiquiátrico Mario Mendoza. Ha recibido tratamiento. Considera que el mejor medicamento se lo proporcionaron sus compañeros de la Ultra Fiel. Hasta 60 llegaron a verle un día cuando estaba ingresado durante dos semanas después de un intento fallido de acabar con su vida. “Esto es como una familia”, señala. Esta frase la repetirán muchos de los barristas entrevistados, tanto seguidores del Olimpia como miembros de Revolucionarios que animan al Motagua.

En 2012 tuvo una hija, Emily Elisabeth. Su mamá, la antigua novia de “Memo”, no era ultra, aunque le acompañaba en los desplazamientos. Hasta tal punto se sumaba a estos viajes que la niña casi nace en El Salvador. “Tuvimos al chófer acelerando, avisándole de que sería su culpa si nacía guanaca”, dice. No volverá a sonreír al hablar de este asunto. Las cosas no eran fáciles. Trabajaba, estudiaba, no tenía tiempo para nada, aunque tampoco dejó la barra, y la relación se deterioró. Se separó de su esposa y lleva desde 2015 sin ver a su hija, ya que firmó la entrega de la patria potestad cuando su antigua compañera encontró otra pareja.

Cree que el hecho de ser barrista era algo que le perjudicaba de cara a la decisión del juez. “Todavía me duele”, asegura. La última vez que tuvo noticias de su exmujer y su hija, ambas se encontraban en México, de camino hacia Estados Unidos. Un millón de hondureños reside actualmente en el vecino del norte. Si se toma en cuenta que en el país centroamericano apenas residen ocho millones de personas puede medirse bien el nivel del éxodo.

“Estoy vivo gracias a la barra”, insiste. Entre los motivos que le llevaron a querer poner fin a su vida enumera el despido de un trabajo, una novia que le dejó y el asesinato de Paulo, uno de sus mejores amigos, al que descerrajaron varios tiros junto a su primo, un pequeño vendedor de drogas. En todas estas historias siempre hay alguien que termina muerto. Esa es la diferencia con cualquier otro relato de adolescentes en otra parte del mundo. Honduras es un país que chorrea sangre y chavales como “Memo” aprenden a convivir con los homicidios o con la posibilidad de ser ellos mismo el cadáver. Es parte de su rutina. Esto no implica que no duela, solo que a todo se acostumbra uno.

En 2017, 3.791 personas fueron asesinadas en Honduras, según el Sistema de Estadística Policial en Línea (Sepol), lo que significa una tasa de 42,8 muertes violentas por cada 100 mil habitantes.

La Organización Mundial de la Salud considera “pandemia” de violencia cuando se superan los 10 homicidios por cada 100 mil habitantes. Las cifras han disminuido de forma notable desde 2011, cuando la tasa de asesinatos alcanzó los 86,5 por cada 100 mil. A pesar de ello, Honduras sigue registrando una de las cifras de violencia más altas del mundo.

Las causas del elevado número de asesinatos son diversas. Está la guerra por el territorio entre las pandillas, represalias a quien no paga la extorsión o ajustes de cuentas por el narco. También el Estado tiene su responsabilidad. Se han reportado denuncias por ejecuciones extrajudiciales a cargo de la policía. En el país centroamericano siempre existe una buena razón para matarse, por lo que el fútbol es una excusa como otra cualquiera.

No se puede desligar la violencia de la desigualdad. En Honduras, el 60.9% de la población se encuentra en situación de pobreza, según el Instituto Nacional de Estadística.

“La barra me ha salvado la vida”, afirma “Memo”, a pesar de todo. Ha comenzado a estudiar periodismo y tiene previsto marchar a Costa Rica, donde vive Leidy, una novia a la que conoció por internet. Relata, entre risas, la cara que puso el papá de ella cuando vio que un hincha de la Ultra Fiel iba a dormir en su casa. Primero, se negó. Al final, tuvo que aceptarlo. Tenía sus razones.

La fama de los ultras del Olimpia les precede. Él la había comprobado de primera mano en 2005, como miembro de la barra La 12 del Ajuelense, uno de los principales equipos de Costa Rica. Los que ahora son compañeros de la pareja de su hija les robaron y les golpearon como bienvenida. Cosas que pasan en estos desplazamientos.

“Memo” quiere romper con el estigma del barrista. Reconoce que él también tuvo prejuicios. Su primo es uno de los fundadores de la Ultra Fiel y él les criticaba antes de conocerlos. Creía que el fondo, solo estaba lleno de “borrachos y marigüaneros”. Nada más lejos de la realidad. “Aquí hay gente con estudios, gente que trabaja y, bueno, también los que hacen picardías”, explica, para lanzar una frase que se repetirá insistentemente en muchas entrevistas: “somos barristas, no mareros”.

El intento de vincular a las barras con las pandillas en los medios de comunicación es recurrente, lo que provoca que las aficiones se cierren en banda y desconfíen de los periodistas que se acercan. “Yo no soy violento. Nunca lo he sido. Siempre era el que separaba en las peleas, hasta que me cansé”, asegura.

“Memo” conoce bien hasta qué punto la violencia puede ser arbitraria. Su último incidente ocurrió el 16 de noviembre. Trabajaba en una barbería de la colonia Buenos Aires donde llevaba un año empleado. Le cortaba el cabello a un cliente. Muy concentrado debía encontrarse, porque tardó mucho en darse cuenta de que un pandillero había desenfundado y le apuntaba a la cabeza con una pistola. “Lárgate, no queremos volver a verte aquí”, le dijo.

El joven apenas tuvo tiempo de salir por la puerta, recibir varios golpes y terminar por sentirse agradecido de tener la oportunidad de recibir un aviso y no terminar con restos de su cerebro esparcido en la ropa del cliente. De ese momento recuerda al parroquiano cubriéndose en posición fetal y a su jefe intentando defenderle. También este se llevó una paliza por intentar explicarles que su empleado era un buen chaval, que tenía 30 clientes a su cargo, que todo aquello resultaba improcedente.

Es posible que la razón exacta por la que los pandilleros amenazaron a “Memo” no la conozcamos nunca. Puede que por ser vecino de la colonia El Porvenir, controlada por la MS-13 y con la que los del Barrio 18, la pandilla rival, o bandas como Los Chirizos, o El Combo Que No Se Deja mantienen una guerra por el territorio que ha quedado latente; ser de un barrio manejado por un grupo y cruzar a otro en manos de sus rivales puede ser suficiente para que te maten. Puede que porque le identificaron como barrista; según explica, los pandilleros no ven con buenos ojos a los ultras.

Consideran que suelen “darse color”, que con la bulla atraen a la policía y que luego son ellos los que terminan pagando los platos rotos cuando aparecen los agentes e interrumpen negocios como el menudeo de droga o la extorsión. El caso es que “Memo” se quedó sin trabajo porque regresar habría sido como acudir voluntariamente al matadero.

Por su empleo en la peluquería cobraba entre 350 y 400 lempiras (Q 109 y Q 125) diarias, mientras que ahora recibe aproximadamente 234 lempiras (Q73) por jornal como albañil.

“Cuando cantas un gol todo explota, sacas fuera la frustración”, explica “Memo”. Estamos en el Estadio Nacional, juegan el Olimpia y el Marathón. La vida no es sencilla en Honduras, pero ahora se escucha “vamos león” desde el fondo sur, la barra ruge y, en realidad, lo que ocurra en el campo tiene algo menos de importancia que la intensidad tras las rejas que separan a los barristas del resto del estadio.

A “Memo” le gustaría terminar sus estudios, mudarse con su novia a Costa Rica, vivir una vida.

Lo que no va a dejar es la pasión por el Olimpia. Ni escuchar quiere de acudir como invitado a ver a un equipo tico. Se puede cambiar de cualquier cosa, menos de club.

Auge, guerra y pacificación: la historia de las barras en Honduras I (Ultra Fiel)

El exterior del Estadio Nacional es un horno antes del partido del Olimpia contra el Marathon. Es el 19 de noviembre de 2017, y antes de entrar al campo, la Ultra Fiel calienta (entiéndase calentar como sinónimo de chupar) en un callejón cercano. Toman cerveza, fuman mota, beben una mezcla de guaro con jugo.

Primero, el trago de licor. Después, el del jugo para rebajar o engañar al sentido del gusto antes de que te empiece a arder el estómago. Esta callejuela es una especie de refugio de los barristas, donde uno puede encontrarse aficionados cantando, peleas, un bolo tirado en el suelo tras no aguantar el ritmo de la bebida. También el escenario de muchas de las peleas, entre aficionados o contra la policía, que se han convertido en el día a día de las jornadas futboleras.

Algunos, los que no han reunido la plata suficiente para los 70 lempiras (Q21) que cuesta la entrada, piden a los asistentes más pudientes una ayuda. Junto al Portón Sol Sur número siete, por el que entran los barristas, varias filas, relativamente ordenadas, aguardan para ingresar al fondo. En una de las calles que desembocan en el estadio, una gran tanqueta policial con cañón de agua. Se trata un vehículo empleado por los Cobra, una de las unidades de élite de la Policía Nacional de Honduras.

Una de las últimas ocasiones en las que se usó fue el 28 de mayo de 2017, durante la final entre el Motagua y el Honduras Progreso. Se habían vendido más entradas que personas cabían en el estadio y la policía actuó contra los aficionados. Murieron cinco personas. Entre ellos, Olman, uno de los líderes de Revolucionarios.

En el interior del campo el despliegue policial es también muy importante. Cada vez que un barrista pone un pie en el estadio tiene que pasar a través de un túnel de uniformados hasta que caen en el que le corresponde. El procedimiento es conocido: brazos en alto, piernas extendidas, cacheo exhaustivo. Los barristas entran de cuatro en cuatro hasta que los policías les dejan pasar. No se permiten armas, tampoco alcohol.

Algunos aficionados, al ser retratados por los periodistas con las manos en alto, se quejan. No quieren ser vistos como delincuentes. Están hartos de ello. Todos tienen experiencia en haber sido retratados como vagos, violentos, drogadictos o pandilleros.

“Nadie entra con un arma. La situación está más calmada de diez años para acá, aunque fuera hay más conflicto, ya que cuando salen se crecen entre la multitud”. El oficial Ramón Peralta es el encargado del dispositivo. Hoy se han desplegado 110 agentes en todo el estadio. De ellos, 30 antimotines están dentro de la jaula en la que se encierra a los barristas en el fondo. Así parece, una jaula, porque los aficionados están rodeados por vallas metálicas, como si hubiese que separarlos del resto de parroquianos. Como si resultasen una amenaza.

Los hechos violentos en torno al estadio son innumerables, así que tampoco es extraño que las barras estén perimetradas. De hecho, fueron los propios integrantes de las peñas los que propusieron esta medida, como mal menor ante una ofensiva criminalizadora.

Pero volvamos a los minutos antes del partido, al momento en el que la Ultra Fiel ha llegado en diversas caminatas y sus miembros se juntan bebiendo guaro antes del partido. Entre ellos se encuentran Saravia, siempre acompañando a Melbin Cervellón, el líder de la barra, y Ricardo Daniel, “Serapio”, representante de las nuevas generaciones. “Es como una enciclopedia, sabe todo de la historia de la ultra”, dicen sus amigos. “Serapio” también es conocido por ser el joven al que la policía dejó convulsionando tras una brutal paliza que varios uniformados le dieron hace un año. Ahora le toca ejercer como profesor de Historia.

“Serapio” recuerda el 17 de agosto de 1990, aunque lo dice de oídas, porque en ese momento poco podría acordarse, teniendo en cuenta que es apenas un veinteañero. Aquel día, en San Pedro Sula, la segunda ciudad más importante de Honduras, se fundó la Ultra Fiel como barra del Olimpia, el club más antiguo del país centroamericano, con 105 años de historia.

Saravia fue de los primeros, pero prefiere dejar que sea el cipote el que explique la evolución.

Otra historia no oficial dice que fue Carlos Prono, mítico portero argentino que militó en el Olimpia, quien importó de su país el modelo de cánticos tan popular en estadios como la Bombonera, el hogar del Boca Juniors.

Según “Serapio”, no sería hasta 1998, cuando los primeros ultras de Tegucigalpa constituyeron sus peñas. En realidad, los hondureños llegaron tarde al crecimiento de unos grupos que en Europa u otros países de América Latina ya tenían dos décadas de historia.

En esos primeros momentos, la logística (mantas, bombos) la ponían los sampedranos. Así fueron formándose peñas como “los blasfemos”, los “psicópatas” o las “vampiras”, que son la única peña formada íntegramente por mujeres.

A partir de entonces, la historia es conocida: un crecimiento que les ha llevado a tener más de siete mil miembros en todo el país, una vida organizada en torno al fin de semana, cuando juega el Olimpia, los viajes, las peleas, los mártires. Porque en las inmediaciones del estadio uno puede darse cuenta de que el culto a los muertos, el recuerdo de los que cayeron, está muy presente.

Si eres barrista hay tres posibilidades por las que puedan matarte, además de los riesgos habituales en un país como Honduras: 1) enfrentamiento con una barra rival. 2) enfrentamiento con la Policía. 3) enfrentamiento con las pandillas.

“Ser de la barra es complicado, la policía te para, te incrimina, piensa que eres un delincuente. Por otro lado, están las pandillas, que nos ven como una amenaza, como una competencia”, dice “Serapio”.

En el estadio, la parte derecha del fondo, fuera de las rejas, hay un espacio donde se ubican los miembros de la barra que han sido castigados por comportamientos contrarios a las leyes internas. Ahí también se colocan miembros de las pandillas que tienen permiso para acudir al estadio. La identidad es una cuestión fundamental en estas estructuras y no puede existir otra, como el equipo de fútbol, que contravenga a la principal, la de la mara. Acompañan los cánticos y saltan con los goles, pero en otro espacio bien definido, como una recreación de la barra en otra parte del estadio.

La presencia de los muertos, antes y durante el partido, es continua. Están en las playeras, con su nombre, fecha de nacimiento, un verso. Están en los cuerpos de los barristas, a través de un tatuaje. Como Jorge Galeano, que muestra una camiseta con el rostro de un joven. Se llamaba Chechu.

“Era como mi hermano”, dice, mostrándolo con orgullo. Murió hace cuatro meses, durante una semifinal contra el Motagua. Hubo pelea en el exterior (siempre hay pelea en el exterior, por eso la Policía intenta espaciar la salida de una y otra afición) y a Chechu le pegaron un tiro. La diferencia entre las broncas por fútbol en Honduras y en otras partes del mundo es que aquí se resuelven a balazos.

Sobre eso puede hablar bien Belinda Azucena Cerrato, de 54 años, una histórica de la Ultra Fiel que ha perdido a tres hijos. Al primero, Giovanni Alexander Martínez, lo mataron por la espalda en una fiesta. Nunca supo quién ordenó apretar el gatillo. Al segundo, Humberto Martínez Soto, hijo de su esposo, pero como si fuese también suyo, fue asesinado por un policía cuando salía de celebrar una victoria del Olimpia.

“Al agente lo protegieron, le llevaron a otro lugar”, se queja su madre. El tercero, Juan Ángel Martínez, perdió la vida en un accidente de moto, un 24 de diciembre, cuando le dijeron que otro miembro de la barra había sido asesinado. Al final, la mala suerte quiso que él fuese el muerto.

“Las cosas de Dios ya están dadas”, dice Belinda Azucena, sentada en su domicilio en la colonia del Alto de Mayangle. Habitualmente, los liderazgos en las barras los ejercen los hombres. Sin embargo, esto puede resultar engañoso. Mujeres con Azucena son matriarcas con respeto bien ganado, viudas, las que se quedan. Como Jessica, una mujer que no sonríe nunca, ni siquiera cuando posa frente a su casa, abrazada a su hijo Antony.

Su esposo, Dennys Fernando Rodas, conocido como el Flecha por su estatura, era barrista desde el año 2000. Siete años después cayó en una emboscada organizada por hinchas rivales. Dejó mujer y tres hijos.

Por eso Jessica no sonríe, ni siquiera frente al mural que los muchachos de la peña Santa Fe dedicaron a la memoria de su esposo difunto. “Sólo Dios supera este sentimiento”, se lee en la pared.

“No puedo vivir con resentimiento”, afirma Belinda Azucena. Sobre los barristas, resume una idea que se escucha mucho entre sus filas: no es bueno generalizar. “Les dicen vagos, ladrones, drogos. Pero en un grupo hay de todo, también en el Estado”, asegura. “¿Dónde hay más corrupción?”, pregunta, para responderse a sí misma: “en el Poder”. “¿Quiénes pagamos? Los más pobres”, concluye.

 

 

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