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Se despide el pelirrojo

Por: Jacobo Goldstein

Cuando mis padres en 1948 me mandaron los EE UU a estudiar y aprender inglés, mi primer paso fue pasar seis semanas en Nueva York, en casa de una tía, que vivía en Brooklyn. No muy lejos estaba el Estadio de los Dodgers y allí vi mi primer partido de béisbol. Era el segundo año en las grandes ligas de Jackie Robinson, el hombrer que rompió la barrera de color. Desde ese junio hasta la fecha, los Dodgers (Esqujivadores) han sido mi equipo, o sea estoy hablando de 68 años de ser fiel seguidor de esa escuadra.

Parte de mi devoción al equipo de mis amores era oír sus partidos que al principio eran trasmitidos por radio, pues la televisión estaba en su infancia y fue por la radio que conocí las voces de Red Barber y de Vince Scully, describiendo las hazañas y las penas de mi escuadra favorita. Scully narró su primer partido de los Dodgers el 18 de abril de 1950 y desde ese día ha estado transmtiendo durante 67 años por televisión y radio, sin interrupción, los altibajos de mi querida escuadra beisbolera.

Scully siempre ha sido un caballero ante el micrófono, con sus amplios conocimientos dignos de un sabio del deporte de la pelota y el bate. A través de su voz y frente a las cámaras televisivas hemos llorado y también celebrado con el tanta historia. Durante 67 años, desde 1950, el pelirrojo que nació en el Barrio del Bronx en Nueva York en 1927 nos ha venido dando cátedra. Creo que nadie batirá el récord de casi siete décadas consecutivas narrando en cerca de 9,000 partidos, lo mejor y lo peor de un equipo legendario, que nació en Nueva York en 1890 y que se trasladó a Los Ángeles en 1958.

Vince narró todos los juegos de la Serie Mundial de 1965, primera vez que lo ganaban los Esquivadores. Ese día el lloró de alegría con todos nosotros. Él ha conocido y narrado las peripecias de todos los beisbolistas que han pasado por las grandes ligas durante 67 años. Él ha sido la voz y la conciencia de un deporte que ha hecho historia. Ahora ha decidido que esta será su última temporada y en octubre, a los 88 años de edad, le dirá adiós a una brillante carrera, despidiéndose como lo hacen los grandes, montado en un caballo blanco, dejando tras de sí una estela de grandeza y dedicación, habiendo cumplido a cabalidad con una faena de ensueño, misma a la que se entregó de lleno y que honró con entusiasmo, corazón e indiscutible talento.

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