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Fútbol Internacional

La sombra de Bielsa sigue siendo alargada

Marsella (Francia) (EFE).- Medio año hace que el argentino Marcelo Bielsa dejó el banquillo del Olympique de Marsella, pero el portazo que dio en las narices de la directiva, la plantilla y al afición, sigue resonando por las calles de la ciudad.

Su huella sigue viva en el club, en particular en la grada, sin que el trabajo de su sustituto, el español Miguel González “Michel”, haya podido por el momento borrar la alargada sombra del técnico de Rosario.

La visita mañana del Athletic de Bilbao en diecisisavos de final de la Liga Europa, otro club donde el argentino dejó su impronta, ha reavivado en la memoria de los marselleses la figura de su técnico adorado. Casi idolatrado.

La mejor muestra de que el fantasma de Bielsa sigue presente en el estadio Velódromo está en las gradas. El rostro del rosarino desfila cotidianamente en pancartas y su nombre sigue siendo coreado con tono de nostalgia.

Pero, sobre todo, el legado queda en el corazón de los marselleses y se ha convertido en uno de esos recuerdos de familia que hacen sentir orgullo a quienes los heredan pero les nublan la visión del presente.

El Velódromo se vestía de gala para cada misa oficiada por un Bielsa que, sentado en la fresquera que convirtió en su altar, asistía cotidianamente a un coro de casi 60.000 almas desgañitadas a la gloria de su gurú.

Ahora apenas 40.000 fieles siguen acudiendo al estadio y, para el duelo de mañana contra el Athletic no se esperan muchos más de 20.000, por lo que buena parte del aforo del remozado estadio, inaugurado el año pasado y con 67.000 localidades, ni siquiera abrirá sus puertas.

“Antes era como ir a una fiesta. Ahora el ambiente es casi de un funeral. Vas sin ánimo. O no vas”, asegura Vincent, un joven universitario que cotidianamente toma el tren entre París, donde estudia, y Marsella, donde nació y donde reposa el club de sus amores.

En Marsella la nostalgia de Bielsa es patente en cada rincón. El argentino conectó con el alma de una afición ávida de las sensaciones fuertes que encontraba en el equipo.

Su vocación ofensiva, su presión asfixiante para recuperar el balón lo antes posible y construir a partir de su posesión, sus decisiones arriesgadas, en ocasiones suicidas, su carácter excesivo, enloquecido, conectaron con una afición que se echó e brazos de una apuesta a doble o nada.

Bielsa les conquistó por su personalidad desprovista de artificios, sin concesiones a la galería, sin bonita palabrería.

Logró que su discurso estuviera acorde con sus actos gracias a revolucionarios métodos de entrenamiento, el uso innovador del vídeo para trasmitir a la plantilla su filosofía, la permanente supervisión de cada rincón del club, el seguimiento de las categorías inferiores.

En Marsella dejó la sensación de que su paso por la ciudad revalorizó cada rincón del club: la plantilla, el centro de formación, la relación con los aficionados, la esperanza.

Los hinchas descubrieron el reverso de la moneda, el peligro de vivir la vida sin límites de Bielsa, siempre al borde del precipicio, el día en el que, por una diminuta diferencia contractual decidió dejar tirada a la ciudad.

Acababa de perder el primer partido de liga y compareció ante los medios para asestar un golpe de gracia a la comunión que había creado con Marsella, para anunciar que se marchaba.

Ni él ni la directiva han aclarado de forma convincente los entresijos de su salida, lo cual ha contribuido a alimentar aun más el mito del rosarino: en un violín perfectamente acordado la más mínima mota de polvo hace inservible el instrumento.

La afición no le perdió la fe, aunque ahora se resigna a vivir solo de su nostalgia.

Un legado envenenado para Michel, dividido entre los imperativos de la clasificación y las exigencias que impone la comparación con el pasado reciente.

Acostumbrados a vivir peligrosamente, los aficionados consideran frío el fútbol del técnico español, le reclaman salsa a su juego y desertan las gradas porque no encuentran el picante con el que les embrujó el rosarino.

Acusan al Marsella de Michel de ser un equipo excesivamente defensivo, de jugar al contragolpe, ofensa al credo bielsiano por el que juran. Y lo cierto es que el equipo, que en tiempos del rosarino convirtió el Velódromo en un fortín, logra ahora mejores resultados lejos de sus huestes, algo en lo que los aficionados ven una seña de identidad de los equipos poco valientes.

Dura tarea la del nuevo entrenador. El encanto natural del elegante extremo de la “quinta del Buitre” resulta inane ante el mistral que todavía resopla a orillas del Mediterráneo tras el paso del huracán Bielsa. EFE

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